sábado, abril 14, 2012

Mensaje de un hombre muerto

Estoy muerto. Lo sé desde los doce años. Soy un hombre muerto. Es una desgracia; no es una broma. Todo cuanto veis es como mucho un holograma, la azarosa configuración fruto de un caleidoscopio polimorfo. Es duro estar muerto. Cuando estás muerto no solo sientes que cargas sobre tus hombros con el peso de los siglos. Cuando estás muerto eres también consciente de una insobornable negación del futuro. A veces me pregunto cuantos seres muertos habitamos la corteza del planeta. Tengo la sensación de que no se nos tiene demasiado en cuenta. De niño, cuando aún era una criatura viviente, a menudo me desnortaba en las clases de historia. Poseía una natural inclinación hermenéutica. Por ejemplo, imaginaba que era un tartesso, vasallo de Argantonio el plateado, y que había venido del futuro. Es manifiesto que la omnipresencia y la omnipotencia en cualquier dimensión espacio-temporal son don exclusivo de los niños. Fabulaba con que mi consejo era el arma secreta del monarca y que fui la clave diplomática en la concordia alcanzada con los fenicios. Una vez dada por buena mi tarea me transfiguraba de nuevo en el niño que era, para, pese haberme perdido más de media clase de la señorita Julia, estar para siempre convencido de contar con una explicación historiográfica irrefutable al amor de mis padres y, por ende, a mi presencia en el planeta.


Como veis no siempre fui un hombre muerto. Cuando vivía quería ser historiador. Imagino que tal vez, en algún momento de la eternidad, alguien del futuro querrá hablar conmigo. Puede que entonces lleve tanto tiempo muerto, que el pobre iluso encanezca escuchando una sarta de historias repetitivas e incoherentes y puede que tres buenos consejos. Comprenderéis, que no sea yo quien ponga en tela de juicio que es aconsejable escuchar a los muertos. Lo que más me llama la atención desde que fallecí, es la insistencia que tienen todos los muertos en intentar parecer vivos; su obsesión por permanecer. Es por eso que los muertos somos más productivos y consumimos menos que los vivos. Pese a que cohabitamos, los vivos no son siempre capaces de ver y escuchar a los muertos. A los vivos siempre les han preocupado mucho las cosas y les obsesiona el paso del tiempo. No son esas, sin embargo, las ansiedades de los muertos. No es que lo muertos no tengamos agenda ni calendario, sencillamente el tiempo es algo tan íntimo como tus partes cuando estás fiambre. Los muertos no tienen vacaciones, ni tampoco tienen voto más allá de la jurisdicción de su propio osario. Tampoco tienen pasaporte y vagan una vez tras otra por todos los confines del mundo. Nunca tienen planes, siempre, recuerdos. La mayoría de los muertos disfrutan el silencio, pero reconocen en la música la mayor de sus debilidades. La música, excelsa memoria del sonido. No debe extrañaros cuando un hombre muerto decide permanecer definitivamente en silencio. De hecho, antes o después todos lo hacen. Son muy pocos los muertos cuya voz impugna la sentencia de lo eterno (compete a Cronos el fallo final en el contencioso). A casi todos nosotros, sin embargo, nos tocará en algún momento cerrar el pico. Al fin y al cabo lo tenemos claro. Quizás sea por eso que estamos muertos.


Os mando un saludo desde éste, mi limbo zombie. La cocinera está maciza y no hay ninguna mujer viva que prepare mejor las alcachofas al horno. Decidle a mamá que me abrigo aunque sea abril, y que combato con Magno el olor a putrefacto. No perdáis la cabeza tratando de ajusticiar mi asesinato. Sé de buena tinta que son cosas que pasan. Disfrutad lo que os quede. Por aquí os espero.